G. Balandier. Modernidad y Poder (1995)

Ed Lucar. Madrid, 1988

Lo Imaginario en la modernidad

Imaginación en castellano designa básicamente la facultad anímica que genera imágenes o combina recuerdos.

Imaginario es un galicismo que designa un registro de lo social o del inconsciente que actúa a modo de depósito dinámico de imágenes o recuerdos.

La imaginación como facultad anímica es semi-consciente.

El imaginario social como registro colectivo es inconsciente.

Se emplea imaginario para designar el depósito icónico o ideal de una sociedad o grupo social e imaginación cuando se intenta designar la función proyectiva de dicha sociedad o grupo.
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La modernidad parece abolir lo imaginario; o al menos trastorna los paisajes.

Hay una apropiación científico-técnica acelerada del mundo.

Las técnicas intervienen en todo lo que es del orden material y de lo vivo, y conducen a una visión instrumental del mundo.

Lo mismo ocurre con el dominio de lo económico (tiempos de economismo y consumismo triunfante) que engendra y defiende una representación contable de la vida personal.

Lo social se deja ver cada vez más bajo las figuras de la abstracción. Su rechazo es el rechazo a lo indesignable.
El empleo es importante porque en la abstracción social confiere al sujeto (a su vida cotidiana) un sentido, dándole una memoria y un imaginario.

El cálculo que permite negociar situaciones en sociedad sustituye al proyecto de asegurar la supervivencia de un más allá al que dan forma la creencia y la imaginación.

Hay otra tendencia que contribuye a la desecación de la imaginación: la banalización cultural, es decir, la formación de culturas que se hacen homogéneas y se empobrecen con la desaparición de las diferencias más significativas.

La modernidad occidental intenta crear un mundo unificado por necesidades cada vez más idénticas (regidas por el mercado) o por una adhesión ideológica única que explota las potencialidades totalitarias.

La modernidad, portadora de convergencias y divergencias radicales, hace que sean arriesgadas las exploraciones de lo imaginario contemporáneo pero, al tiempo conduce a reconocer su necesidad pues en lo imaginario está en juego el porvenir.

Las costumbres no se mantienen ya dentro de límites relativamente fijos, se hacen fluctuantes. La sexualidad se libera de un código riguroso, la familia cambia de composición, el trabajo ya no es una disciplina que regula la existencia, las convicciones morales se difuminan provocando la difusión de un agnosticismo generalizado (excepticismo?).

La disidencia, la marginalidad, la fuga hacia delante del imaginario expresan el rechazo a una modernidad considerada negadora de una tradición o, a la inversa, de una verdadera revolución.

Los dos conjuntos de representaciones opuestas se traducen en visiones optimistas (todo es posible) o pesimistas (todo conduce a la autodestrucción) cuyo enfrentamiento crea desgarros que abren sitio a lo imaginario.

El hombre se inscribe en su medio y actúa bajo los mecanismos de la razón ordinaria, de sus propias razones, donde se mezclan sus intereses, sus deseos, sus interpretaciones y sus creencias.

Lo imaginario se hace más necesario que nunca; es, en cierta medida, el oxígeno sin el que decaería toda la vida personal y social.

La antropología muestra que la imaginación colectiva procede de la herencia del capital mítico en las sociedades tradicionales.

La sociología pone en evidencia todo lo que contribuye a la institución imaginaria de la sociedad (Castoriadis L´institution imaginaire de la societé. Seuil. París 1975).

La modernidad contemporánea no reduce lo imaginario: lo hace secreto y además lo libera y lo hace más fluctuante volviendo sus usos y explotaciones más evidentes.

El imaginario cada vez se apoya menos en repertorios de esquemas establecidos y transmitidos a largo plazo.
Aparece la tecnoimaginación.
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Lo imaginario del espacio

El espacio recoge la memoria colectiva.
Lo imaginario provoca la invención de horizontes; los que se abren más allá de la muerte, los que se sitúan más allá de los lugares habituales, los que definen ciudades ideales (utópicos).

Los mitos y las artes han multiplicado las representaciones de esos horizontes.

El hombre contemporáneo ha conseguido el conocimiento real del espacio abierto el de la investigación espacial, pero experimenta intensamente (en lo cotidiano) los efectos del espacio cerrado. También ha aparecido el espacio de los "tele" (redes técnicas de comunicación) que introduce una super-realidad que duplica la realidad material.

La ciencia configura el imaginario cósmico. Las fronteras entre la creencia y la ficción científica son ahora imprecisas.

Aparece el mesianismo cósmico.

La referencia cósmica tiene varias funciones principales: mística y explicativa, utópica y reveladora de lo imaginario, crítica y relativista, científica y filosófica.

Falta la función profética que es reivindicada por la ciencia ficción.

Platón encontró en el cosmos las leyes de una armonía que une el Universo con la ciudad y el alma. Aristófanes mostró que la ciudad celestial y radiante no es más que una ilusión, un sueño bueno sólo para abastecer a los hombres de "leche de pájaro".

Hay otro espacio cada vez más conocido: el del propio planeta. Este conocimiento alimenta el imaginario etnológico. Este imaginario se construye a partir de imágenes y vivencias que contrastan con el monótono curso de la vida cotidiana.

Durante largo tiempo la cultura popular no recibió más imágenes etnológicas que fantásticas y salvajes y, luego, coloniales y aventureras.

El hombre de la modernidad es consumidor de desarraigo (busca lugares, hombres y usos diferentes). Es la búsqueda de la ruptura de todo lo que es propio de la realidad cotidiana, la posibilidad de estar lejos y de existir por un tiempo de otro forma.

En el viaje el hombre se autodefine por comparación. El viajero desarraigado valora lo que descubre y experimenta en otro lugar, pero puede despreciarlo finalmente con el fin de evaluar su medio habitual y a sí mismo.

El desarraigo da acceso a un universo transportador del que Duvignaud dice que constituye una "inmensa matriz de utopías, sueños, conocimientos".

El mundo entero se convierte en un gigantesco mercado de imágenes.

La imaginación domiciliaria.

La imaginación encuentra su sustancia en los espacios pero hace aún más: se proyecta, se inscribe convirtiéndose en inventora de espacios construidos.

Nada puede reducir la imaginación constructora.

La estandarización y la repetición de las construcciones suscitan la insatisfacción y entorpecen el trabajo de la imaginación.

La personalización del medio sólo puede efectuarse mediante la mediación de los mediadores: amueblamiento, decoración y ritualización de los actos cotidianos.

Todo se desarrolla bajo la fuerte oposición entre el interior (valorizado) y el exterior (despreciado), entre el decorado logrado mediante la iniciativa del morador (la nota personal) y el decoro público, cuya necesidad y sentido se manifiestan poco.

En oposición al individuo desarmado (o casi), particularmente en el medio urbano, se sitúa el poder poderosamente armado para traducir en obras monumentales y paisajistas su ideología y su grandeza, para marcar doblemente la memoria colectiva. En todos los tiempos, y en todas las civilizaciones, ha dado una materialidad arquitectónica a la imaginería por la que dice que es y afirma su pretensión de inscribirse definitivamente en la historia. Detenta esta capacidad al igual que las Iglesias edificadas con piedra, así como con <<piedra vivas>>, con el fin de magnificar la fe e imponer la creencia de su propia permanencia. Versalles es la ilustración del siglo de Luis XIV, como el viejo Moscú lo es de la Rusia de los Zares. Las grandes revoluciones modernas, que toman forma bajo la inspiración de sus jefes, alzan mediante la arquitectura los escenarios monumentales destinados a la dramaturgia política que pone a las masas en movimiento, edifican o transforman ciudades enteras que manifiestan su fuerza creadora, y manifiestan así su ambición o su desmesura. La ideología, pero también el imaginario, del nazismo, o del estalinismo (y de sus iniciadores), se leen o descifran en las realizaciones arquitectónicas y las obras monumentales de las que han sido inspiradoras. Hitler no aceptó en su entorno inmediato y restringido más que una figura de importancia, el arquitecto, A. Speer, éste fue el director de escena de los <<himnos visuales al régimen>>, y, particularmente, de la manifestación del 5 de septiembre de 1934 durante la que fue definida la política cultural del naciconal-socialismo y expresado el rechazo del arte moderno, y en particular del expresionismo.

Edificar  de nuevo  y  hacer una sociedad distinta,  tales son las dos ambiciones asociadas a las que los utopistas  han soñado siempre con satisfacer.  A lo largo de los siglos, han dejado descripciones de ciudades ideales para sustituir a las ciudades reales imperfectamente formadas por los hombres. La colección de sus proyectos constituye el más fascinante corpus -el de las obras de una imaginación urbanizadora  en estado puro, ya que no se ha sometido jamás a la prueba deformante de la realización y la ocupación.  A veces, gracias al Príncipe,  el  proyecto comienza  a materializarse,  como  en  las  Salinas de Cahus, en Arc y Sénas, donde  el  arquitecto C.N.  Ledoux  edificó  los  primeros  edificios de lo que imaginaba  como  la ciudad del trabajo perfecta -del mismo modo que hay formas perfectas- al mismo tiempo que como una...